Cómo dialogar con un sordo

(Editorial Mining Press)
ley 7722

Rodolfo Suárez, un veterano político que ayer se volvió hiper conocido en la prensa argentina, le puso el pecho a las balas para recalcular el rumbo de las reformas pro minería en Mendoza, con la explícita esperanza de lograr acuerdos multisectoriales en la espinosa trama de agua vs. minería.

Como era de esperarse en tiempos modernos, el mandatario cuyano dejó descontentos a los más radicalizados de uno y otro bando: 

1. Los talibanes del medio ambiente y del progresismo que defienden un mundo heidiano (por Heidi), en el que la naturaleza debe permanecer impoluta para que  sujetos urbanos que fagocitan a diario  la policromía de bienes industriales hechos a fuerza de químicos sigan disfrutando del conforts 4.0, pero con las banderas cool bien en alto.

2. Los talibanes de la minería, presuntuosos de saberes geológicos y técnicos, que encriptados en sus logias se cruzaron en estos días chats en los que ninguneaban a quienes o no saben todo lo que hay que saber sobre procesos metalúrgicos y aguas, o meten miedo y oscuridad por las redes aprovechándose de la simpatía que despiertan sus consignas en la calle y en los jóvenes. 

Unos y otros no expresan la gran franja de ciudadanos que priorizan o una legitima preocupación ecológica o, por otro lado,  una sensata opción por el desarrollo industrial y de la fuerzas productivas, imprescindible para el devenir del planeta por afuera de atavismos históricos.

Suárez, a quien el escepticismo  que nunca falta ayer optó por no creerle o por exigirle más de lo que se puede hacer si no se quiere volar todo por los aires, ha llamado a un debate de la fuerzas vivas. Pero el mayor problema es que es imposible prohibir las vendas en los ojos. La minería más acérrima se topará una vez más con la anti minería hipócrita. Esta última ha ido a las mesas de diálogo diversas que convocó Mendoza en la última década a sabiendas de que lo único que quería era dar largas y marear la perdiz, sin transigir un centímetro, porque cianuro y tóxicos hay de sobra en la vitivinicultura, en la metalmecánica y en el espectro productivo provincial, pero frente a la minería, se haga como se haga y se controle como se controle, hay un juramento religioso de que "por la salud de nuestros hijos, no pasarán".

Lo dicho: hay mucha hipocresía y cinismo en quienes defienden la Mendoza impoluta y lloran frente a las acequias para marchar contra las minas, mientras se entuertan frente al derroche hídrico individual, comercial, agrario e industrial, a la gestión de la basura, a la desertificación. En este juego patético sobresalen también los pícaros que acompañan las banderas desarrollistas mientras conspiran contra ellas. A estas alturas, no sorprenden movidas como las del presidente del justicialismo, Guillermo Carmona, que jaqueó la ley apurada inmediatamente de sancionada con el aval activo de su partido.

El otro acápite complicado es el de la indolencia minera, que se expresa cada vez que las papas queman. Por ejemplo, decenas de empresas mendocinas proveedoras de la minería y del petróleo en todo el país, han observado un mutis por el foro en estos momentos.

Ha hecho bien la cámara de minería local al aceptar el recalculo gubernamental y mostrarse proclive a un nuevo debate social. El horizonte de estos cabildos no es promisorio para la minería porque los ultramontanos envalentonados por la repercusión mundial de su manifestación del fin de semana se han puesto como Norte que ni siquiera haya minería en Malargüe, el departamento donde política y ciudadanía mira a la actividad con marcada simpatía.

Nada que el devenir de la reciente historia argentina no haya visto antes. Terminó un ensayo, el de la ley sin plafón social y comienza otra fase, muy dificultosa. Su desenlace determinará la suerte de la minería en Mendoza,  pero también incidirá notoriamente en la economía argentina. El flamante gobierno ha cifrado esperanzas en el potencial de este sector.

Como en situaciones similares en América Latina en las que ha emergido el catecismo de la anti minería, el poder central también debería decir algo. Antes de eso, decidirse si opta por el desarrollo de los abundantes recursos minerales del país o si le da la derecha a quienes pregonan, desde poltronas académicas variopintas, de que este país culismundi puede vivir del turismo, como se escuchó a algunos hippies tardíos en estos días de fragor.

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