San Juan: Historias cruzadas: de cascos azules en Chipre a mineros en San Juan

Eduardo y Alberto sirvieron en misiones de paz en el país del mediterráneo. Hoy conviven en una mina donde los vientos pueden alcanzar los 200 k/h y la temperatura descender hasta los -45 grados
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A Eduardo y a Alberto los une una experiencia única: tuvieron el honor de ser partícipes de una misión humanitaria. Integraron el contingente de las Fuerzas de Paz de la ONU, conocidas como cascos azules.

En diferentes años viajaron a Chipre con la misión de mantener la paz en ese país del Mediterráneo signado por una historia de violencia que se extiende por 40 años.

Alberto viajó en 1996 mientras que Eduardo lo hizo en 2003. La misión, que dura 180 días, está bajo la órbita de la Fuerza de Naciones Unidas para el Mantenimiento de la Paz (UNFICYP).

Los comienzos en la vida militar

La carrera de Eduardo se vio marcada por la herencia familiar. Con la influencia de un padre militar, en 1997 ingresó en el Colegio Militar de la Nación.

En 2001 se recibió de oficial del Ejército Argentino, y de la carrera de Administración de empresas. Ya en 2003, después de un extenso proceso de selección, conformó el contingente argentino que fue a Chipre para el mantenimiento de la paz.

“Formar parte de una misión humanitaria fue una experiencia muy gratificante. Pude relacionarme con colegas de muchos países. Fue maravilloso representar a la Argentina. Participar de un proceso de paz, tras el conflicto de turcos y griegos, fue una experiencia única”.

La emoción y el orgullo lo invaden: “Viéndolo con el tiempo, ese momento hoy me significa una satisfacción enorme, junto a un poco de nostalgia después de haber vivido momentos inolvidables a nivel personal y profesional”.

El traje, la ropa y la boina de Cascos Azules son objetos que cada año aumentan su valor sentimental.

“Dentro de todos los recuerdos que guardo de mis 15 años en el Ejército, esta boina de Naciones Unidas representa un recuerdo muy especial. Esta guardada en mi corazón por los momentos vividos”, asegura emocionado.

Luego de la experiencia en Chipre, Eduardo continuó con su carrera militar.

En 2011 estaba asignado en el Colegio Militar de la Nación. Tenía el cargo de instructor. Pero una propuesta le cambiaría su destino.

Un antiguo superior en el Ejército le propuso trabajar en la Mina Veladero. Tras varios días de análisis decidió dar el gran salto.

“Cuando tomé la decisión de venir acá me sentí con una gran incertidumbre porque nunca había trabajado en el ámbito privado. Pero seis años después puedo decir que fue la mejor decisión que tomé”.

Eduardo es Supervisor senior del área de seguridad patrimonial de Veladero. Su sector es el encargado de hacer cumplir los procedimientos que se establecen en la mina. Además de acompañar el oro en todos su procesos, hasta que se despacha para su posterior venta.

Eduardo trabaja ocho días y luego descansa seis. Son muchos días lejos de su familia, que está compuesta por su pareja y cuatro hijos. La distancia con la se compensa con la camaradería que se vive en la mina.

“Gran parte de mi vida la atravieso en Veladero. Pasamos mas tiempo en la mina que con nuestra familia. Pero acá encontré grandes compañeros de trabajo, camaradas. Con ellos compartimos vivencias diarias. Existe un excelente clima laboral. Me da mucha satisfacción”.

La experiencia de Alberto

Alberto es coordinador de entrenamiento del Área de Operaciones de la mina.

Él también tuvo una carrera militar. En 1995 ingresó al Ejército argentino como soldado voluntario. A final de ese año, surgió la posibilidad de integrar el grupo argentino que iba a ser parte del contingente de Cascos Azules.

“Tuvimos que ir a competir por las pocas plazas que existían. Llegué a una instancia donde tuve que competir con 10.000 soldados más. Hay que tener aptitud física, conocimientos cartográficos. Son un conjunto de cosas que se tienen que dar”.

Después de un largo proceso de selección, Alberto quedó primero y obtuvo el honor de participar en la misión de paz.

“Todo aquel que pertenece al Ejército quiere integrar una misión de paz. Te sentís incompleto si no lo haces. Para mi fue un sueño, fue lo mejor que me pasó en la vida militar”.

Para Alberto, la experiencia en Chipre fue reveladora.

“Son trascendentes los valores que tenés que manejar para convivir con otras fuerzas de otros países. Hay que aprender a compartir, tener la cabeza despejada. Convivimos con ingleses, húngaros, franceses. Otros idiomas y culturas”.

Alberto recuerda lo difícil que fue la misión, en un territorio donde se vivía una extrema violencia. “En la isla se magnifica todo. Se extraña todo. La familia, los amigos, el mate, todo”.

Alberto toma la boina que utilizó en la misión. La observa. Es su gran tesoro. La mira y se emociona.

“Fue impresionante cuando nos entregaron la ropa. Verte vestido con ese uniforme. Recordarlo me sigue movilizando. Es algo que no se te borra nunca más”.

La vida en Veladero

En 2000 Alberto se retiró del Ejército y comenzó el trabajo de minero en Santa Cruz. Cinco años después desembarcaría en Veladero, donde trabaja hace 13 años.

Para Alberto, la mina es un lugar especial. Ahí conoció a su esposa. “Hace 4 años que estamos juntos. Y nos casamos en junio de 2017. Los dos subimos a Veladero todas las semanas. Fue otra cosa que me dio la mina”.

Él lidera un grupo que se encarga de capacitar y entrenar a todos los trabajadores del Área de Operaciones.

“Mi trabajo consiste en mantener la dotación del Área de operaciones completa. Que no falten operadores entrenados, para que la mina funcione constantemente, que no tengamos equipos parados”, explica.

El trabajo en Veladero es duro, difícil. Alberto trabaja 14 días corridos y luego descansa el mismo tiempo. Por eso, en la mina es trascendente el compañerismo y las relaciones humanas.

“Acá hacemos otra familia. No hay manera de que podemos convivir solos. Uno termina conociendo a todo el mundo, los problemas personales, familiares. Acá se aprende a convivir y compartir”.

Un condicionante también en este trabajo es la altura. La mina está a 4850 metros del nivel del mar.

“Es un trabajo duro. La altura impacta mucho en el cuerpo. Cuando subimos a Veladero y luego cuando bajamos para ir a nuestras casas. Los primeros días nos cuesta adaptarnos”.

Además hay que sumar las bajas temperaturas. “En invierno tuvimos -45 con vientos de 200 kilómetros. Es complicado y duro, por eso sentimos orgullo de lo que hacemos. El que le gusta la vida del minero y la adapta como profesión termina sintiendo orgullo de lo que hace”.

A Eduardo y Alberto los unen una carrera militar, la experiencia única de haber sido parte de los cascos azules, y ahora su vida en Veladero. El esfuerzo, el empeñó y la dedicación les dio sus frutos

Infobae

 

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