La Argentina desordenada, artículo de opinión de María Herminia Grande

Argentina hace cuarenta años que viene actuando como el tigre asiático, pero de la pobreza.
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Argentina está desordenada. Ya ni siquiera se trata de la grieta. Estamos riesgosamente acercándonos, como sociedad, a un límite indeseado. La democracia no tiene espaldas para todo. Es decir, el voto legítimo de los ciudadanos no cubre los excesos. Hay discursos de apego democrático, pero el Gobierno no refleja en sus conductas ser esclavo de la ley. Se percibe que las reacciones políticas responden mucho más a la opinión pública que al respeto a la ley. Todos sabemos que la opinión social cambia de humor según sus vivencias, no según lo que marca la ley. Es decir, los argentinos viven a diario la violencia de las distintas inseguridades y opinan en consecuencia. Se sienten atravesados por robos cuerpo a cuerpo, saqueos a sus bolsillos por la inflación y el desboque de los precios, los aumentos tarifarios. Por el temor del desempleo o por el desempleo en sí. Por no saber hacia dónde va el futuro,  porque el presente no habla.

Argentina está desordenada porque el Gobierno no tiene un plan político ni económico. El Gobierno sigue con su política de prueba y error. No es reforma permanente, es búsqueda de aciertos permanente. Cuando estos se vuelven mezquinos y la ponderación positiva del Gobierno cae, todo se vuelve una desesperada búsqueda para hacer pie firme ante una sociedad desconforme. Chocobar es un caso. También Moyano. Convengamos en que al Gobierno Cristina Fernández de Kirchner ya no le rinde como antes. Tampoco todos los presos del kirchnerismo. Por eso se lo coloca a Moyano como actor protagónico en la obra “Yo, el peor de todos”.

Días atrás trascendieron ciertas definiciones del Presidente con respecto al modelo de país a seguir. Eligió para ello a Australia y reflexionó que tenemos tantas riquezas naturales como dicho país (litio, energía eólica, shale gas y turismo). Al respecto, un viejo conocedor de estas lides me decía: “Para ser Australia tenemos que usar ingenieros e industria nacional para fabricar turbinas, paneles solares y baterías. Si se despiden a investigadores y no se le da plata a Ciencia y Técnica, ese camino quedará trunco”.

Con respecto a la inversión en litio, es cierto, pero lo criterioso, dados los índices de desocupación que tiene Argentina, sería que se produjera e industrializara el litio en el país. También el Presidente habló de la apreciación del peso, por lo tanto continuará el proceso de desindustrialización que viene padeciendo nuestro país.

Argentina hace cuarenta años que viene actuando como el tigre asiático, pero de la pobreza. El doctor Carlos Leyba me recordaba que desde 1974 hasta la fecha venimos creciendo en pobreza al 7,1%, mientras que en igual período el PBI creció al 0,4 por ciento. Carlos Pellegrini llamó a un sueño colectivo que sintetizó diciendo: “Sin industria no hay nación”. Pasó más de un siglo y este convite no encuentra adhesión.

Para que la invitación al sueño colectivo de Pellegrini se haga realidad se necesita de la educación. Un dato preocupante es la deserción en el ámbito universitario registrada en la Universidad Nacional de Rosario, que ascendió, en 2017, a 20 mil estudiantes menos. En el 2016 ya habían desertado 11 mil estudiantes. La deserción también es notoria en el ámbito de la escuela secundaria, lo que engrosa las estadísticas de los ni ni.

Sin consenso político Argentina no podrá salir de la decadencia que se viene acentuando año tras año. Otro dato preocupante: más del 50% de nuestros niños son pobres. Más del 50% de nuestros niños son obesos. Es decir, como parte de un todo, mayoritariamente la niñez argentina está enferma por desnutrición o por obesidad. Sobre este tema, días atrás, el doctor Carmuega me decía: “Aunque suene duro, si comparamos los logros obtenidos por la medicina en 5 años para curar el cáncer o la obesidad, que es una enfermedad, debo decir que la obesidad pierde”. Si bien la obesidad es un problema de índole mundial, Argentina debe asumir que es un problema de todos. Remata el doctor Carmuega: “Solo el 5% de los niños obesos convertidos en adultos logran revertir la situación”. Desde el punto de vista humano, ambos flagelos resultan tremendos por la incapacidad a la que se condena a un niño desnutrido y hasta el bullying que padece un niño obeso, entre tantos otros flagelos. Y desde el punto de vista sanitario, se convierte en un enorme dolor de cabeza para la salud pública.

Ante esta situación esta cronista hace suya la definición sobre las expectativas que el doctor Carlos Leyba guarda sobre la realidad argentina: “Soy un pesimista de la inteligencia, pero un optimista de la voluntad”.

 María Herminia Grande. Infobae

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