Santa Cruz: “Carbón Turbio”: cómo es por dentro la mina más polémica de la Argentina

Fue estatal, estuvo privatizada en los ’90 y la corrupción K la dejó en malas condiciones. Sus mineros tratan de apuntalarla, pero temen por sus puestos de trabajo.
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Cuelan agujas negras que parecen flechas. “Aire viciado”, dice el cartel, mientras la cuadrilla de mineros avanza y el polvo se subleva. El hollín ataca la respiración. Es una recorrida prohibida para “asmáticos, hipertensos y claustrofóbicos”. Hay tramos donde el carbón se parte con la mano, por la fragilidad de las paredes.La montaña presiona hacia abajo, con ganas de aplastar a los que caminen por adentro. Estimado lector, todavía está a tiempo de abandonar este texto, pero si decide seguir, sepa que puede faltarle el aire.

Una imagen de Santa Bárbara, patrona de los mineros, cuida la zona. Y la boca de la mina se engulle nuestro mini bus. A los dos minutos se llega a la Unión 9, el lugar donde murieron 14 personas en junio de 2004 por un incendio que se produjo tras la falla de la cinta transportadora de las rocas. Hoy los gases están controlados, porque las prevenciones, esta vez, son extremas. No se puede usar flash ni encender el celular. La mínima chispa puede provocar una explosión.

Ahora hay que caminar, 600 metros sobre unos durmientes, doblar en zig zag hasta una galería, avanzar mil metros más y atravesar un “chiflón”, un sector en plano inclinado por el que se evacua la producción. Retrasarse del grupo y apagar la lámpara adherida al casco permite experimentar un momento único: la oscuridad insuperable, donde no se ve absolutamente nada, ni siquiera la palma de la mano acercada a la nariz. La materia parece desvanecerse. Y somos, por segundos, invisibles.

La orientación queda atrapada en los engaños de una brújula imantada. Para recuperar el sendero, es necesario volver a encender la luz, atravesar la tierra en suspensión y avanzar hacia la última pared de carbón, que será perforada con martillos neumáticos y puntas de diamante. Y allí otro espectáculo: el manto de carbón está delineado a la perfección, un trazo recto es su techo y otro, su piso. Es como una capa de dulce de leche en la mitad de un bizcochuelo. El dulce de leche es lo que se extrae.

Ahí parados, cuando el dragón perforador de acero se activa, surgen las preguntas: ¿vale la pena explotar aún el carbón, un mineral capaz de liberar tanta energía contaminante? ¿No es un riesgo demasiado alto para los mineros estar aquí, con 500 metros de montaña sobre sus cabezas? ¿Podrá ser productiva esta mina que dio vida a Río Turbio, luego agonizó por la corrupción y ahora busca resucitar, para defender la fuente de trabajo de los esmerados mineros?

Orgullo y prejuicio. La Cuenca Carbonífera de Santa Cruz está pegada a la frontera con Chile y cerca de la Cordillera de los Andes, formada en la era cenozoica, hace 66 millones de años. Algunas de las costumbres que rigen aquí también exhiben su antigüedad. Una de ellas: “Las mujeres no pueden entrar a la mina, dan mala suerte, pueden provocar derrumbes”, repiten pobladores, funcionarios y obreros.

Sólo una vez por año esa leyenda se hace a un lado, el 4 de diciembre, Día del Minero y de Santa Bárbara, que se encarga de ahuyentar el prejuicio por 24 horas. Se organizan visitas guiadas para esposas e hijas de los mineros y se les pide que no ingresen con anillos y collares, para evitar accidentes con cables y motores en movimiento.

Entramos junto a siete mujeres. Les da curiosidad el equipo autorrescatador, que contiene una burbuja de oxígeno químico para situaciones de emergencia. Tiene forma de cantimplora, se lleva en el cinturón, pesa un kilo y es una protección respiratoria contra el monóxido de carbono de un incendio o de una explosión subterránea.

Sara Gross, subgerente de Recursos Humanos, queda “impresionada” al constatar las duras condiciones de este trabajo. Ocupa un puesto clave en la jefatura de personal, pues tiene que detectar necesidades de los obreros, hablar con ellos, relevar sus condiciones laborales, pero aún así sólo puede meterse en la mina el 4 de diciembre.

En las profundidades de la Patagonia, los mineros de Río Turbio lograron apuntalar un derrumbe de 189 metros que impedía la circulación de aire por el yacimiento. Laberintos donde falta el aire y sobran secuelas de la corrupción que hubo durante años en la administración. (Rubén Digilio)

“Siempre vivimos esa regla con naturalidad, pero lo cierto es que, visto en perspectiva, no hay ninguna razón lógica para prohibir el ingreso de mujeres el resto de los días. Deberíamos revisar esa regla, aunque, claro, los supersticiosos no querrán acompañarnos fuera de esa fecha”, señala desde lejos la escritora Erika Halvorsen, nacida en Río Gallegos y criada en Río Turbio. Halvorsen considera que ese postulado “excluye a las mujeres del trabajo minero” y recuerda que, en sus 37 años, sólo pudo conocer la escuelita minera que funciona como museo, a un costado de la mina.

Autora de guiones para televisión, obras de teatro y la novela El hilo rojo, ella quiere adentrarse en el universo minero y escribir un libro que se titule La reina del carbón, acerca de la elección anual de la soberana de la actividad.

Los concursos de belleza hoy están en debate en la Argentina. Para sus críticos, fomentan estereotipos de género y discriminación. Pero sus defensores sostienen que son parte de una ceremonia popular que debe ser respetada.

Fuimos a la elección de la Reina Nacional del Carbón 2017-2018. Desde el escenario del polideportivo de la ciudad, repleto de mineros, los locutores mencionaban las características de las candidatas: nombre, edad, signo, color de cabello, color de ojos, hobbie, artista favorito y deseos personales. En esa enumeración se notaba un detalle: no se hablaba esta vez de las medidas del busto, la cintura y la cadera, aquel “90-60-90” que remitía a las proporciones del supuesto “cuerpo perfecto”.

“Creo que es una tradición que hay que continuar. Se puede presentar cualquier chica y ganar. Ninguna de mis compañeras necesitó ser flaquita para anotarse. Yo también salí hace poco Reina de los Estudiantes, pero el concurso estuvo suspendido un año por estas discusiones”, advierte Lucía Victoria Fuente Sánchez, la flamante soberana.

¿Y qué rol cumple una Reina del Carbón? Contesta ella, 16 años, ojos negros, pelo castaño, ganas de enseñar flamenco, deseos de ser veterinaria, dueña de este mensaje: “Quiero dar a conocer las cosas buenas de Río Turbio, porque últimamente estuvo saliendo en los diarios por las cosas malas, la corrupción, las denuncias, todo lo feo. Quiero que el país sepa que los mineros se juegan la vida cada vez que entran en la mina”.

Lucía ganó una TV color y un viaje a Río de Janeiro, otro signo de estos tiempos de crisis en el sector, porque hace 50 años, cuando el mineral daba alta rentabilidad, las reinas viajaban hasta Japón, en el camarote de un barco carguero desbordante de carbón nacional.

El descontrol, la falta de mantenimiento de la mina, la humedad y la presencia de una falla geológica llevaron al colapso de su Red Troncal de Ventilación, el pulmón del yacimiento, pues debe airear las galerías interiores.

Una de las soberanas que navegó hasta allí en 1969 y acompañó la producción fue Mónica Antonucci, la mamá de Omar Faruk Zeidán, actual interventor de Yacimientos Carboníferos de Río Turbio (YCRT). Zeidán tiene 42 años pero no es príncipe, es el funcionario que tiene que sanear y hacer producir a la mina para evitar su cierre y es además el impulsor de 19 denuncias penales por malversación de fondos del gobierno anterior, contratos irregulares, sobreprecios, robo de expedientes e intentos de vaciamiento. “Todo lo feo” que mencionó Lucía, la reina de ojos negros que aún no entró a la mina. Ni ella ni ninguna otra mujer podrá hacerlo hasta el próximo 4 de diciembre, día en que el cetro y la corona cambiarán de manos. Salvo que la tradición sea modificada.

Por plata. La actividad minera recibió impulsos desde la Asamblea del año 1813. Pero fue Domingo Faustino Sarmiento, capataz de una mina de plata a los 23 años y presidente de la Nación a los 57, el que le agregó una recompensa de “25.000 pesos fuertes” para el que descubriera “una mina de carbón de piedra en buenas condiciones”.

El padre de la educación argentina había dado ejemplo de transparencia 25 años antes, cuando rindió hasta el último centavo de los viáticos que le dio el gobierno de Chile cuando lo mandó a estudiar los sistemas de enseñanza en América, EE.UU y Europa. En su detalle de gastos, incluyó un plano de París, el alquiler de un caballo, un diccionario alemán, boletos de tren, cervezas, propinas en los museos y hasta una “orgía” por la que pagó 13 francos y medio. Pero en 1870, con la ley 448, introducía por primera vez el incentivo monetario estatal en la minería.

Intuyó tal vez que la relación entre el dinero y el carbón despertaría ambiciones, pues sobre ciertos hábitos de mineros de aquel tiempo, Sarmiento escribió: “Sus ideas en moral no son menos extrañas y singulares; y nada es más cierto, por más que ello parezca exagerado, que no tiene conciencia del robo, de que lejos de avergonzarse, se vanagloria allá entre sus compañeros, y aun ante sus patrones mismos, con tal que esté seguro de la impunidad. El robo de los metales preciosos, cualquiera que sea su cantidad y su valor, es reputado como una regalía, y como un gaje de su profesión”.

Entre los cientos de negociados denunciados durante el kirchnerismo, fue por desmanejos en la mina de Río Turbio que el ex ministro de Planificación Julio de Vido fue a la cárcel.

El descontrol, la falta de mantenimiento de la mina, la humedad y la presencia de una falla geológica llevaron al colapso de su Red Troncal de Ventilación, el pulmón del yacimiento, pues debe airear las galerías interiores.

“Welcome to derrumbe”, dice un cartel, escrito a mano, con tiza blanca. Es la zona crítica, que sufrió desprendimientos a lo largo de 189 metros. La lluvia de rocas bloqueó el llamado “Chiflón 3” de la “Mina 4”. Y cortó la respiración de todo el lugar.

Río Turbio está lleno de perros. El más querido se llamaba Tonel, que durante 14 años acompañó a los mineros al interior del cerro y sabía viajar en colectivo hasta allí. Murió en 1995 y fue despedido como un ser humano.

Recién a fines de diciembre pasado se pudo liberar la red y apuntalar la zona resquebrajada, mediante la limpieza del lugar y la construcción de 8.800 castillos de madera, especie de jengas gigantes, de hasta 18 metros de altura, con tirantes de eucaliptos de dos metros de largo que rellenan los huecos provocados por las caídas de techo y paredes.

Una vez alcanzado el tope de esas campanas, las maderas soportan el peso del cerro –como el mitológico Atlas sujeta el mundo sobre sus espaldas– y por las galerías liberadas vuelve a circular el oxígeno sin peligro de nuevas obstrucciones. “Fue una ardua labor manual, muy riesgosa y complicada. El material caído era tanto que no podíamos ingresar nuestra maquinaria, solo guinches, carretillas y carros tosqueros para sacar toneladas de piedras a pala y picote”, relata Carlos Reartes, capataz general de Preparación Principal, un equipo de hombres tiznados que trabajan acompañados por un gato que alguna vez fue blanco, llamado Willy. “Nuestros mineros hicieron un trabajo jamás visto en las minas del mundo”, agrega el subgerente de Mina, Carlos Valdez.

Ya se cumplieron dos años de la gestión de Zeidán, que fue nombrado por el presidente Mauricio Macri y por el ministro de Energía y Minería, Juan José Aranguren, con el encargo de hacer una auditoría y de poner en marcha la mina. Hasta aquí, se anunció la exportación de 30 mil toneladas mensuales de carbón a Chile desde marzo, pero la cantidad es ínfima en relación al potencial. El récord de producción de Río Turbio se registró en 1977, cuando se extrajeron 1.450.000 toneladas de carbón bruto y 750 mil toneladas de carbón depurado.

Hace un siglo, el carbón fue necesario como combustible de las locomotoras a vapor, fue estandarte del progreso y creció en importancia como fuente de energía durante la Segunda Guerra Mundial, pero en la actualidad es cuestionado por los altos niveles de monóxido de carbono que produce y por su impacto sobre el medio ambiente.

Un futuro posible para los Yacimientos Carboníferos de Río Turbio (YCRT) es la de abastecer de carbón a la megausina que se construyó al lado de la mina, pero nunca funcionó ni generó energía para los argentinos. La única caldera que puso en marcha se averió y quedó inutilizada. Fue otra de las obras faraónicas anunciadas con pompa oficial pero, en los hechos, paralizada.

La ciudad y los perros. Río Turbio está llena de cimarrones. Por cada esquina, tres; junto al reloj de la plaza, seis; cerca de la estación de servicio de YPF, nueve; en baldíos, de a cuatro y de a cinco; por las calles, decenas y, a veces, cientos. Es, por momentos, una invasión. Los perros aparecen en las noticias porque muerden a alguien, porque asustan a pobladores o porque son sacrificados. El más querido se llamaba Tonel, que durante 14 años acompañó a los mineros al interior del cerro y sabía viajar en colectivo hasta allí. Murió en 1995 y fue despedido como un ser humano. Hoy tiene una estatua de bronce y la gente dice que da buena suerte.

Entre fábulas y leyendas, se acumula también chatarra: tanques de combustible, bulones, autos, camionetas, vagones, rieles. Todo oxidado y a la venta. Ya se hicieron 800 viajes en camión para tratar de limpiar las laderas verdes que envuelven a las localidades de Río Turbio, 28 de Noviembre y Julia Dufour, nombre de la esposa del explorador argentino Luis Piedrabuena.

En Río Turbio, las veredas están destruidas y salir a pasear con un cochecito de bebé puede convertirse en un rally plagado de obstáculos. Cuando terminen de saltar y saltar, los niños tendrán que tomar vitamina D, por la tibieza del sol en esta latitud sur, 51° 32’ 00’’.

El paisaje ofrece una estatua de Néstor Kirchner petiso, la megausina paralizada, las oficinas de YCRT constantemente allanadas por la Justicia y el tren carbonero –que debería estar atiborrando los barcos de Puerto Loyola–, demasiado quieto. Tampoco funciona la cinta única que transporta el material extraído. Y si a esto se suman los cambios bruscos de temperatura, el viento que corta la cara y los ecos cavernosos que provienen de la mina, el aspecto es desolador.

Espejo negro. Un sistema biométrico comenzó a controlar a los mineros, pero al salir de trabajar el aparato no funcionaba en forma óptima, pues los surcos de las huellas digitales se llenaban de polvo y carbón. Se sumaron los datos del rostro para la identificación y una tarjeta de proximidad. Se implementó un programa de seguimiento de expedientes, para monitorear contrataciones desde que se inician hasta que se ejecutan. Se incorporaron equipos que sirven para medir medir la densidad de los gases en la mina, que tienen la forma del robot Arturito y se comunican en forma inalámbrica. Y maquinarias polacas actualizaron las tareas de apertura de frentes y extracción del material.

Toda esa tecnología es nada al lado del espíritu minero, el sentido de equipo, el cuidado entre ellos y la ilusión que tienen por mantener la fuente de trabajo activa “por 50 años más”.

Segunda inmersión. Al entrar nuevamente a la mina, un día distinto al que las mujeres tienen permitido, la atmósfera se espesa. Los 72 kilómetros de laberintos son recorridos por pequeñas manadas de luces. Sin que lo escuchen, un supervisor asegura haberse cruzado con el fantasma de un minero, cuya alma quedó para siempre allí.

Nada es tangible cuando se apaga la luz y se vuelve a generar la oscuridad insuperable. Es la nada y el polvo que se apodera de las vías respiratorias.

Jonathan Montenegro, miembro de la cuadrilla de Preparación Secundaria, penetró varias veces el manto negro. Participó de la apertura de galerías de 1.200 metros. Y está otra vez cara a cara con la pared de carbón. Entonces se pone tapones en los oídos, acomoda el martillo perpendicular a su cuerpo y lo activa. Y en esa puja entre sus brazos y la montaña está el desafío de su vida.

Un yacimiento controvertido

En sus casi 75 años de historia, la mina de carbón de Río Turbio sufrió desmanejos, una privatización descontrolada y saqueos.

Cárcel. A fines del año pasado, el ministro más poderoso del kirchnerismo, Julio De Vido, fue detenido por presunto fraude en obras de refacción de la mina. Fue acusado de encabezar una maniobra para desviar parte de los 26 mil millones de pesos que Planificación debía asignar a Yacimientos Carboníferos de Río Turbio (YCRT). Le quitaron sus fueros de diputado y lo llevaron al penal de Marcos Paz.

Antecedentes. En 1994, el menemismo privatizó la mina y se la entregó el empresario Sergio Taselli. Pero YCRT Sociedad Anónima terminó mal, con denuncias por irregularidades y de “intento de vaciamiento”. En 2002, le quitaron la concesión a Taselli y la empresa fue reestatizada.

Más sospechas. La actual intervención de YCRT impulsa 19 denuncias penales por corrupción.

Tensión. Luego del cierre de esta nota de la revista Viva, la Intervención de YCRT envió telegramas de despido a más de 200 mineros. “Esta estructura se usó durante el kirchnerismo como coto de caza y agencia de empleo político”, señaló la directiva. Hubo marchas en defensa de las fuentes de trabajo, la toma de un sector de la mina, caravanas de oración y el inicio de negociaciones con los gremios para frenar las cesantías o atenuar el impacto del ajuste de la nómina de persona.

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